107. Agua
Una nube tapó el sol sin aviso y la luz cambió de color, como si alguien hubiera girado una perilla invisible. No fue oscuridad: fue otra temperatura. La radio del maestro carraspeó antes de decirlo, como hacen las voces que no quieren alarmar.
—Se viene lluvia.
Cayeron las primeras gotas, tímidas, de esas que prueban el suelo antes de decidirse. La plaza reaccionó sin apuro: camperas levantadas sobre cámaras, bolsas de nylon convertidas en techos provisorios para los parlantes, diarios viejos sobre cabezas que ya no esperaban peinados dignos. Nadie se fue. Nadie miró el reloj. El agua no era señal de retirada; era una condición más.
La transmisión siguió con un leve chisporroteo. El sonido se volvió más áspero, más real. Pensé que, si todo fallaba, igual quedaría esto: la memoria húmeda de un día que no se suspendió por clima.
Lara pidió el micrófono. Nadie dudó en alcanzárselo. Dio un paso adelante con cuidado, como si su cuerpo todavía estuviera aprendiendo a volver al espacio