Mientras Ahmed se hundía en el lujo decadente de Las Vegas, consumido por la rabia y el alcohol, su madre, Dilara Arslan, buscaba a su hijo desesperadamente. El joven se había esfumado tras la paliza, y los movimientos erráticos en sus tarjetas de crédito alertaban a Dilara. Estaba furiosa por el gasto descontrolado, pero el silencio de Ahmed la asustaba mucho más que cualquier cifra bancaria. La élite de Los Ángeles murmuraba sobre la desaparición del heredero Arslan, y Dilara temía un escánda