Nicolai Koslov había sido, a su modo, generoso. Después de la paliza, no lo había matado ni lo había dejado en un callejón. Simplemente lo había lanzado a la puerta de un motel de mala muerte en la zona vieja de Las Vegas, un lugar lleno de neones parpadeantes y el hedor a tabaco barato y desesperación.
Ahmed despertó con un dolor que no era solo físico. El rostro se le había hinchado y sus costillas protestaban con cada respiración, pero la herida más profunda era la humillación. Recordaba la