El rugido uniforme de los motores del jet privado Gulfstream G650 era la única constante audible, pero no lograba llenar el vacío que se había instalado entre los ocupantes. El silencio en el jet privado era ensordecedor. No era un silencio de paz, sino el peso muerto de lo que había quedado atrás: la nieve manchada, el cuerpo inerte de Ahmed, la traición final de un hijo y la herida de un padre. Volaban rumbo a Los Ángeles, a miles de kilómetros del frío de la cabaña, buscando un refugio donde