En un cómodo apartamento cerca de Santa Mónica, que Ahmed había alquilado para usar como su cuartel general en Los Ángeles, la frustración era un peso palpable. El lugar era lujoso, con vistas al mar, pero Ahmed no disfrutaba de la belleza; solo sentía el ardor de haber sido ignorado.
Ahmed observaba por la ventana el ir y venir de la gente en la playa, un mundo que no le prestaba atención. Estaba furioso. Se había arriesgado. Se había presentado ante Senay en Nueva York, le había entregado inf