La llegada a Nueva York fue mágica. La nieve había caído esa mañana, cubriendo Manhattan con una capa blanca y brillante. Horus no mintió: el apartamento completo que había reservado tenía una vista espectacular de Central Park, un rincón de paz en medio del caos de la ciudad. Una chimenea rugía en la sala de estar y el ambiente era de confort y lujo discreto.
Horus y Senay habían estado viviendo idílicamente. Los días pasaron rápidos y hermosos. Se despertaban tarde, desayunaban juntos frente