Esa palabra me golpeó como un balde de agua fría. Mocosa.
El tono de voz grave, la vibración que me erizó los pelos de la nuca y ese maldito apodo me devolvieron de golpe a la oscuridad de mi habitación. Era él. El mismo hombre que había violado mi cerradura, el que había doblegado a Astro y el que me había propinado esas nalgadas brutales que todavía me hacían arder el trasero al sentarme. El dolor punzante seguía ahí, vivo bajo la tela del vestido rojo.
El pánico me venció. Empujé la silla ha