El aire se congela en mis pulmones. La palabra morir resuena en las paredes del comedor, repitiéndose en mi cabeza como un eco maldito que me despedaza el pecho. Siento que el suelo se desvanece bajo mis pies. La mano que tengo apoyada en el vientre tiembla de forma descontrolada, sintiendo de pronto esa zona como una bomba de tiempo, como un nido donde crece mi propia sentencia de muerte.
Miro a Thomas. Su rostro, siempre implacable y dominante, se ha transformado en una máscara de piedra. No