El terror me paralizó en la cama. El frío de la habitación se me clavó en los huesos, pero lo que de verdad me heló la sangre fue ver a Astro. Mi perro, el animal que me había defendido de drogadictos en la calle y que era puro músculo y valentía, estaba encogido en el suelo, temblando a los pies de la sombra como si fuera un cachorro indefenso.Me encogí contra la cabecera de la cama, subiendo las rodillas hasta el pecho en un intento inútil de protegerme.—¿Quién... quién eres? —mi voz salió rota, un hilo de aire que apenas rompió el silencio.La silueta no se movió, pero la presión en el aire aumentó tanto que me costaba respirar. El olor a bosque y tormenta que había sentido en la calle volvió a inundar el lugar, disipando el rastro de mis propias lágrimas.El hombre caminó hacia mí con una lentitud aterradora. En dos zancadas cortas la distancia y se me vino encima, acorralándome contra la cabecera. El peso de su cuerpo no llegó a aplastarme, pero su imponente figura me dejó sin
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