—Sí —me interrumpió en seco, inclinándose hacia delante. Sus ojos dorados me fijaron a la silla con una fuerza casi física—. Quiero tener sexo contigo. Solo necesito una noche para preñarte.
El aire se me escapó de los pulmones. Me quedé completamente helada, con las mejillas ardiendo a más no poder y la boca abierta, incapaz de articular una sola palabra. Seis millones de libras. Seis millones por una sola noche en su cama. El laberinto en el que me había metido se volvía cada vez más oscuro y