El olor a pintura fresca y madera costosa me golpea de frente. Cruzo el umbral, arrastrando los ojos por el espacio diáfano, las ventanas que van del suelo al techo y la luz que inunda cada rincón. Tres días. Solo han pasado tres días desde aquella cena donde entregué mi voluntad y firmé el pacto. Ahora, la realidad se materializa ante mí en metros cuadrados de puro lujo.
—¿Esto es mío? —suelto en un susurro. La incredulidad me tiñe cada palabra mientras acaricio con la mirada los acabados perf