Mundo ficciónIniciar sesiónEl olor a lluvia ácida y asfalto de Londres siempre me ha repugnado, pero esa tarde, un aroma diferente cortó el aire.
Ocurrió justo después de que una chica despistada chocara de frente contra mi pecho. Fue un segundo. El impacto ni siquiera me movió, pero mis sentidos captaron una mezcla extraña: miedo, desespero, un sutil rastro floral y algo más profundo, una nota biológica que hizo que mi lobo interior rascara la superficie de mi conciencia. No era una humana común. Su sangre tenía un matiz distinto. Sin embargo, la urgencia de mi agenda me obligó a dejarlo pasar. Registré mi abrigo por puro instinto y noté la falta de peso. Me había robado la cartera. Sonreí para mis adentros; astuta, pero irrelevante para mis planes inmediatos.
Crucé las puertas de seguridad de la clínica clandestina. Todo el complejo me pertenecía. Bajo la fachada de un centro médico de alta sociedad para humanos influyentes, mis laboratorios financiaban la investigación más importante de mi vida: encontrar a la mujer genéticamente perfecta.
La ciencia de mi especie es brutal. La unión entre un licántropo puro y una humana es una anomalía rara, pero cuando funciona, el resultado es un espécimen con una fuerza, velocidad y resistencia destructivas.
Yo soy el vivo ejemplo de ello; mi madre era humana, mi padre un alfa puro.
Pero esa herencia tiene un precio de sangre. Mi madre no soportó el parto; su cuerpo colapsó y murió en la camilla en el momento en que yo nací.
El útero humano promedio no está diseñado para albergar la gestación de un lobo. Es un riesgo de muerte casi absoluto.
Por eso buscaba mujeres marginadas, desesperadas, invisibles para la sociedad.
Si algo salía mal, nadie haría preguntas. Nadie las buscaría.
Caminé con paso firme por el pasillo principal hasta que una figura conocida me interceptó.
—Señor —saludó el doctor Harrison, haciendo una breve inclinación antes de recuperar la postura de un viejo amigo—. Qué oportuna su visita. Estaba por revisar los últimos expedientes.
—Necesito un informe real, Harrison —le respondí, mi voz resonando con la autoridad que mi rango exigía—. Deja el protocolo. Vayamos a tu oficina.
Harrison asintió y me guio hacia su despacho privado, donde cerró la puerta y sirvió dos tazas de café cargado. Me senté en una de las sillas de cuero, ignorando la bebida. Mis ojos fijos en él exigían respuestas inmediatas.
—Dime que tienes algo —ordené—. Mi paciencia se agota y la manada presiona por un heredero.
Harrison suspiró, frotándose las sienes con frustración antes de abrir los archivos en su tableta.
—Hemos procesado a más de cincuenta candidatas este mes, Tomás. Todas rechazadas. La densidad ósea de la mayoría es ridícula; no soportarían la expansión pélvica de las primeras semanas. Otras muestran deficiencias cardíacas que colapsarían ante el ritmo metabólico del feto.
Apoyé los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos. La frustración empezaba a morder mi templanza.
—¿Ninguna?
—Hasta el momento, no he obtenido una sola mujer apta para sostener tu legado —admitió Harrison con gravedad—. Someter a cualquiera de las candidatas actuales a tu descendencia sería firmar su sentencia de muerte en el primer mes de gestación. Necesitamos una estructura celular milagrosa, Tomás. Alguien que no estoy seguro de que exista en este maldito sector de la ciudad.
—No dejes de buscar, Harrison. El tiempo corre —ordené, poniéndome de pie.
Salí de la clínica sin esperar los resultados de los últimos análisis del día. Tenía una reunión de negocios prioritaria en el centro de la ciudad. Subí a la parte trasera de mi auto, donde el chofer arrancó de inmediato hacia el restaurante.
Mientras observaba el panorama gris de Londres a través de la ventanilla, saqué el teléfono y llamé a mi asistente personal.
—A tus órdenes, señor —respondió Leaner al segundo tono.
—Revisa las cámaras de seguridad exteriores de la clínica, justo en la acera principal de hace media hora —le ordené, con la voz fría—. Una mujer chocó conmigo y me robó la cartera. Quiero su identidad y su ubicación.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, seguido por el tecleo rápido de una computadora.
—¿Le robó a usted? Entendido, señor. Deme diez minutos y tendré su rastro.
Colgué. El auto se detuvo poco después frente a un restaurante exclusivo de la alta sociedad humana. Crucé el vestíbulo hasta la mesa reservada en el rincón más privado, donde ya me esperaba Amelia, mi beta y una loba de alto rango dentro de la manada.
Se puso de pie brevemente en señal de respeto antes de que yo tomara asiento.
—Tomás —saludó, yendo directo a los negocios—. He estado investigando los límites del territorio y las fronteras con las manadas rivales. Por ahora, todo está en calma. No hay indicios de ataque ni movimientos sospechosos.
—Bien —asentí, manteniendo la guardia alta—. Pero muy pronto las cosas pueden cambiar. Voy a tener a mi heredero.
Amelia frunció el ceño, visiblemente sorprendida por la declaración.
—¿Por qué esa decisión tan repentina? ¿Acaso ya escogiste pareja?
La miré con fijeza, endureciendo las facciones.
—Lo hago porque quiero. No tengo que darte explicaciones de mis motivos, Amelia. Y no, no he escogido pareja aún.
—Peróname que te insista, Tomás... —ella se inclinó hacia adelante, modulando la voz—. Pero asumo que será una loba de nuestra propia manada. Una hembra pura que te dé un cachorro fuerte.
—No —la corté en seco, sin titubear—. Quiero que mi hijo sea diferente. Igual que yo. Una mezcla de sangre humana y licántropa.
Al pronunciar esas palabras, noté de inmediato cómo la expresión de Amelia se tensaba. Sus ojos se oscurecieron por una fracción de segundo y apretó la mandíbula, intentando disimular el golpe.
«Por dentro no le gustó nada», gruñió mi lobo en mi mente, agitando las orejas con diversión pesada. «Ella te ama, Tomás. Quiere ser tu reina».
«No me interesa», le respondí a mi lobo en un pensamiento gélido. No mezclaba el deber de la manada con los caprichos de las hembras que buscaban poder a través de mi cama.
El teléfono en mi bolsillo vibró. Era Leaner.
Contesté la llamada de Leaner mientras Amelia seguía asimilando el golpe de mis palabras.
—Señor, tengo la identidad y la ubicación —informó mi asistente—. Se llama Emma. Vive en un complejo de mala muerte en los suburbios del este. Le envío las coordenadas ahora mismo.
Colgué. Me levanté de la mesa sin tocar la comida, dejando a Amelia con la palabra en la boca.
A mí me gusta hacer las cosas de noche. La oscuridad es el territorio del lobo; la impunidad de las sombras me pertenece. Por eso esperé a que la madrugada cubriera la ciudad antes de actuar.
Llegué al edificio. Era un vecindario de m****a, un bloque de apartamentos ruinoso donde la seguridad era un chiste. Entré por la puerta principal y subí hasta su piso. Violé la cerradura de su apartamento en tres segundos, un movimiento limpio que apenas hizo ruido en el pasillo silencioso.
Crucé el umbral de su hogar. Al instante, mis sentidos se inundaron. El aroma a tristeza, a lágrimas secas y a desolación humana se mezcló con el sutil rastro floral que ya conocía de ella.
Un gruñido sordo rompió el silencio. Un pastor alemán saltó sobre la cama, erizando el lomo y enseñándome los colmillos con furia.
La chica se despertó de golpe por el ruido. La oscuridad de la habitación jugaba a mi favor, ocultando mis facciones y magnificando mi silueta. Me planté en el rincón más denso de la pieza.
—Vine por lo que me robaste, mocosa —solté. Mi voz, cargada de la vibración del alfa, raspó las paredes.
El perro, que un segundo antes ladraba dispuesto a morder, captó la dominación pura en mi tono. Liberé una pizca de mi aura de depredador. El animal bajó las orejas, gimoteó con terror y su instinto de supervivencia lo obligó a claudicar. Bajó de la cama, arrastrando el cuerpo con miedo, hasta que se inclinó por completo a mis pies, sumiso.







