MELISA.
La casa se siente extrañamente silenciosa después del torbellino de la reunión. Hemos regresado, dejando a Herodes con sus propios asuntos y a los Ferrari ocupados en su sangrienta "prueba de lealtad". Ahora, la tensión es personal, no política.
Estoy de pie en el centro de la sala de estar, mirando a Kostas. Él se está poniendo su chaqueta, un gesto que confirma la verdad que ya sé: tiene que irse. La noche aún es joven para los asuntos de la mafia.
—Tienes que irte a la reunión con lo