MELISA.
Ha pasado un mes desde el último aliento de Oleg. Con la amenaza más grande neutralizada, el mundo que antes se sentía en constante peligro, finalmente respiraba. Mi padre, Herodes, se recuperó adecuadamente de sus heridas, y la tranquilidad se había instalado como una niebla tibia sobre nuestra vida. Las cosas cambiaron. El miedo se hizo recuerdo.
Por eso, ahora, estoy de pie frente al espejo, no con el uniforme de mis días de trabajo como doctora, sino con un hermoso vestido de novia.