KOSTAS.
La persecución termina abruptamente en un pequeño claro al borde del bosque. Oleg, exhausto por la carrera y la desesperación, tropieza con una raíz. Lo alcanzo en un par de zancadas.
Dejo caer el rifle, la caza es demasiado personal para la distancia. Me abalanzo sobre él. El impacto es brutal, rodamos por el suelo húmedo. Él intenta defenderme con golpes torpes, pero yo estoy impulsado por la rabia y el juramento que le hice a Herodes. Lo inmovilizo, mi rodilla aplastando su pecho.
El