MELISA.
El aroma a té de jazmín envuelve la pequeña sala. Mikeila está sentada frente a mí. Se ve mucho mejor, aunque todavía se mueve con una cautela que le dejó la puñalada. El sol de la tarde entra suavemente por la ventana.
—Te ves mucho mejor, cariño —le digo, levantando mi taza. El calor es un ancla.
Mikeila sonríe, toma un sorbo y hace una mueca casi imperceptible.
—Gracias a ti. Y a la suerte. ¿Y tú, Melisa? Pareces... en paz. Hace dias que no te veía tan relajada.
Dejo mi taza sobre el