31.
Pedro era un hombre de pocas palabras. En el momento en el que había aceptado llevarme, simplemente había estirado su mano hacia mí para que yo le diera el dinero. Así, sin más. Por suerte, había llevado lo suficiente en la billetera como para pagarle al hombre. Y, a pesar de que Zulma me pidió una y otra vez que no lo hiciera, tenía que hacerlo. Claro que tenía que hacerlo. Yo misma me había metido en ese problema. Ahora estaba trabajando en Vital precisamente por eso: porque había escogido el