— ¡Ayúdalo, Cristian, ayúdalo! — le grité al guardaespaldas.
El hombre frenó en seco y corrió directamente hacia donde estaba Valentín.
El pelirrojo negó.
— No, váyanse, yo voy a estar bien.
Pero en serio, era un ingenuo si pensaba que lo íbamos a dejar, eso jamás pasaría.
— No — le dije.
Corrí hacia donde estaba sin pensármelo dos veces. Tomé su brazo y lo puse por sobre mis hombros para ayudarlo a caminar. El disparo parecía que le había dado en la parte baja del glúteo, y eso le impedía