—El Emir ha confirmado la recepción de los últimos códigos, —informó Franco, cerrando su portátil. Su voz sonaba cansada, pero la liberación era palpable—. Ya no hay nada que nos vincule a la red europea. Se acabó.
—Bien, —dijo Enzo, sin emoción. Su mente estaba fija en la habitación contigua, donde la espera de Sabrina era una presencia tangible y dolorosa—. Abel, prepara el despegue para esta noche. Solo para Sabrina y Ángela. No perdemos un minuto más.
Abel asintió, su pulcritud intacta incluso después de la maratón logística.
—Todo listo, Jefe. Su nueva vida espera.
Enzo se levantó, su rostro marcado como un mapa antiguo y trágico. Era momento de dejar toda esa vida y dedicarse a una mejor, con más paz y tranquilidad.
En la sala de estar, bañada por la luz melancólica de una chimenea que solo ardía por el placer de la calidez, Sabrina estaba sentada junto a Ángela, quien acunaba a su hijo. El bebé dormía, ajeno a la tormenta de adultos a su alrededor. Sabrina, con el té frío entr