A miles de kilómetros, en una mansión austera y fría en el corazón de Europa Oriental, Volkov despertó con el informe que sellaba la traición.
—El Emir ha liquidado todas sus participaciones europeas, señor. El Emir ha comprado toda la infraestructura de la Nave Beta en un solo movimiento. Los almacenes, los contactos de distribución, las rutas marítimas, los autos de colección... todo.
Volkov, un hombre que se movía con la glacial lentitud de un depredador que ha meditado su ataque durante meses, sintió cómo la sangre le subía a la cara. El golpe en su pecho, justo donde la bala de Enzo se había alojado años atrás, era ahora un dolor punzante y fresco. Se puso de pie, derribando la silla de caoba con una furia inusual.
—¡Maldito sea! ¿Cómo no lo vimos venir? —Su voz era un trueno sordo que resonaba en la habitación de mármol—. No solo el bastardo de Bianchi me ha engañado con su muerte, sino que ha tomado su capital, ha usado a El Emir como intermediario para limpiar su red y ahora s