El despacho de la cabaña, con su atmósfera de madera oscura y cristal, se había transformado en la sala de guerra donde se trazaba el futuro de la fortuna Bianchi. Franco estaba de pie junto a un mapa cifrado, concentrado en la logística de la partida. Enzo, recién salido del encuentro desgarrador con Sabrina, se sentó tras el escritorio, su rostro quemado y su alma lacerada, pero su mente, más aguda que nunca, se había centrado en el único objetivo que importaba: el escape.
La puerta se abrió