El despacho de la cabaña, con su atmósfera de madera oscura y cristal, se había transformado en la sala de guerra donde se trazaba el futuro de la fortuna Bianchi. Franco estaba de pie junto a un mapa cifrado, concentrado en la logística de la partida. Enzo, recién salido del encuentro desgarrador con Sabrina, se sentó tras el escritorio, su rostro quemado y su alma lacerada, pero su mente, más aguda que nunca, se había centrado en el único objetivo que importaba: el escape.
La puerta se abrió y entró Abel. A diferencia de Franco, que exudaba la disciplina del soldado, o de Vittorio, que portaba la tensión del guardia de seguridad, Abel siempre se movía con la calma pulcra y calculada del financiero. Vestía un traje de corte impecable, y su sonrisa, usualmente reservada para cerrar tratos millonarios, era amplia y sincera.
—Jefe —dijo Abel, acercándose a Enzo. Sus ojos se detuvieron momentáneamente en la cicatriz, pero se recuperaron de inmediato—. Lo he escuchado. La noticia corre co