Horas después, el sol de la mañana se filtraba perezosamente por los ventanales de la cabaña, proyectando sombras largas y doradas sobre el piso de madera. Sabrina despertó de un sueño pesado y turbio, la cabeza le latía y cada músculo de su cuerpo protestaba. Se sintió desorientada, el recuerdo de la furia, el dolor repentino, la cicatriz en el rostro de Enzo, y luego, el llanto de su hijo, se arremolinaban en su mente como fragmentos de una pesadilla febril.
Lo primero que notó fue el silenci