Horas después, el sol de la mañana se filtraba perezosamente por los ventanales de la cabaña, proyectando sombras largas y doradas sobre el piso de madera. Sabrina despertó de un sueño pesado y turbio, la cabeza le latía y cada músculo de su cuerpo protestaba. Se sintió desorientada, el recuerdo de la furia, el dolor repentino, la cicatriz en el rostro de Enzo, y luego, el llanto de su hijo, se arremolinaban en su mente como fragmentos de una pesadilla febril.
Lo primero que notó fue el silencio. Un silencio pesado que contrastaba con el estruendo de la noche anterior. Y la ausencia.
—¿Mi hijo? —murmuró, su voz seca y débil.
Enzo, que había estado sentado en un sillón a la sombra, levantándose y caminando silenciosamente por la habitación sin atreverse a molestarla, se acercó de inmediato. El bebé, que dormía plácidamente en una cuna, estaba bajo su vigilancia constante.
Enzo lo tomó en sus brazos. Su hijo era tan pequeño, tan frágil. Lo acercó a la cama, un rito de ofrenda y de tregu