Capitulo 45

La cabaña, un santuario de cristal y madera en el corazón del bosque, dejó de ser una prisión dorada y se transformó en un escenario de caos primal. El silencio del despacho se había roto con el grito de furia de Sabrina, y ahora la habitación se llenaba con la respiración entrecortada del dolor y la urgencia.

Enzo había actuado por puro instinto, su fachada de hierro fundido por el pánico. Llevó a Sabrina hasta la cama, su cuerpo temblándole a pesar de su fuerza. La vio retorcerse, y cada contracción era un puñetazo que él sentía en su propio pecho. El charco oscuro en la madera y el gemido de Sabrina habían borrado de su mente el recuerdo de la reunión, la venta inminente, y hasta su propia cicatriz. Solo quedaba la urgencia de su vida en la suya.

—¡Ángela! ¡El contacto! ¡Ahora! —ordenó Enzo, pero su voz no era un trueno; era un ruego ronco.

Ángela ya estaba en el teléfono, con la voz templada por el profesionalismo adquirido a lo largo del tiempo lidiando con las emergencias de Enz
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