El último trimestre de embarazo se cernía sobre Sabrina como una nube pesada y dulce. El pequeño pueblo de El Refugio ofrecía una paz que ella había aprendido a valorar, un contraste bienvenido a la vorágine de la mafia. Su vientre estaba inmenso, la piel estirada y tirante, y el bebé se movía con una vitalidad que era su ancla. Ya no era Sabrina; era Liliana Valdés, la maestra embarazada, y su vida se había reducido a la espera paciente de un parto seguro.
Sin embargo, su instinto, afilado por