El doctor, un hombre mayor y de confianza ciega, llegó a la cabaña con la rapidez y la discreción que solo el terror bien pagado podía garantizar. La pelinegra, cuyo nombre era Ángela, lo condujo de inmediato a la habitación, mientras Enzo se quedó un momento más observando a Sabrina.
El vientre. Ese era su centro de gravedad. Lo acarició por última vez, una promesa silenciosa de que esta vez no se iría tan lejos.
—Los amo mi reina. Sé que ya me reconociste y me odiarás más por ocultarte que es