El sol de la tarde se cernía sobre El Refugio, un disco abrasador que parecía prometer un alivio que nunca llegaba. El aire, denso y cargado de polvo fino, se aferraba a la piel de Sabrina. La rabia que había liberado con Franco y Vittorio se había disipado, dejando un vacío helado. El agotamiento físico era palpable, pero la determinación, esa armadura fría forjada por la desesperación, la mantenía en pie.
Regresar de la escuela no ofrecía el santuario que anhelaba. La casa, simple y de adobe,