Alexander
Mi cuerpo pesaba demasiado, como si estuviera atado a una ancla invisible que me arrastraba hacia la profundidad de un sueño del que no podía despertar. Intenté abrir los ojos, pero los párpados se sentían como plomo. Mi garganta estaba seca, y un pitido constante perforaba mis oídos, aumentando la sensación de confusión.
Entre la bruma de mi mente, escuché una voz. Alguien pronunciaba mi nombre con desesperación.
—¡Alexander! ¡Por favor, despierta!
Reconocí aquel tono al insta