Alexander
Al llegar a la residencia, noté un auto estacionado en el porche. Solté un chasquido de molestia sin querer ver a nadie. No era necesario mirar dos veces para saber que se trataba de mi tío, su esposa y, para rematar, la aburrida de Adelaida . Definitivamente, este era uno de los peores días que había tenido en mucho tiempo.
Entré al salón y saludé con cortesía fingida:
—Hola, muy buenas noches.
Los presentes estaban sentados cómodamente en los sillones, compartiendo una charla l