Alexander
Bianca me miraba con los ojos abiertos de par en par, sorprendida por cada una de las verdades que acababa de soltarle. No podía hacer otra cosa más que decirle todo. Ella merecía saberlo.
—Creo que me va dar algo por tanta información. Y esa llave, no deberías dármela.
—Soy un agente encubierto de la DEA —repetí con firmeza, asegurándome de que cada palabra calara en su mente—. Me infiltré con un solo propósito: atrapar a mi padre y a todos los involucrados. Pero, más que eso, quiero