Zeiren
El calor de su cuerpo se había ido.
Su piel se había opacado. Sus ojos habían perdido toda su luz. Sus labios entreabiertos ya no volverían a hablar.
Y aun así, no podía soltarla.
Literalmente, no podía desprenderme de ella.
Cada pedazo de mí gritaba para aferrarse a cada recuerdo de ella, como si solo con tocarla pudiera impedir que la muerte la reclamara del todo.
—Mi amor... Eloah… No... —susurré, o tal vez pensé.
No lo sabía. Todo era borroso. El mundo estaba tan lejos de mi mente