Zeiren
Odiaba esa oficina.
Cada ángel que pasaba me saludaba con una reverencia ridícula, y cada vez que alguien me decía “Señor de la Transición” me daban ganas de estrellarles la cabeza contra la pared.
No porque no supiera el peso del cargo.
Sino porque ese cargo no me devolvía lo que más me importaba.
Mi Eloah.
Desde que Cordelia y yo fuimos separados por voluntad del Creador, el cielo se volvió una jaula luminosa.
Todo demasiado blanco, demasiado perfecto. Sin una sombra donde perderse. Si