Cuando llegaron al salón de reuniones, el ambiente era sobrio y elegante. La mesa de cristal ocupaba el centro, rodeada de sillones negros perfectamente alineados. Las paredes claras y las grandes ventanas dejaban entrar una luz tenue que contrastaba con la tensión silenciosa que se instaló en cuanto todos tomaron asiento.
Thomas fue el último en acomodarse. Apoyó ambas manos sobre la mesa y los miró con atención.
—Pensé que había propuesto el recorrido de mi imprenta —dijo—. Le pedí a María qu