Alejandro se alejó de la mesa del comedor sin mirar atrás. Subió las escaleras con pasos largos y tensos, la mandíbula apretada, el eco de la discusión todavía retumbándole en la cabeza. Llegó al despacho de Thomas y entró sin tocar. Cerró la puerta detrás de él con un leve golpe, lo justo para marcar territorio.
Thomas estaba de espaldas, junto al mueble bar. Se sirvió un poco de whisky y bebió con calma, como si la presencia de Alejandro no alterara en absoluto su pulso.
—Debiste decir que te rompí la cara por agarrar a Daniela como lo hiciste —dijo Thomas sin voltearse, la voz baja, peligrosa.
Alejandro soltó una risa corta, incrédula.
—Debiste decir que dejaste a mi tía porque te acostaste con Daniela en Japón —respondió con burla—. Eso sí habría sido interesante.
Thomas giró lentamente, el vaso en la mano, los ojos fríos clavándose en él.
—Si es lo que quieres para acabar de desestabilizar la mente de tu tía, lo haré.
La sonrisa de Alejandro se borró de golpe. Su cuerpo se tensó