Alejandro se alejó de la mesa del comedor sin mirar atrás. Subió las escaleras con pasos largos y tensos, la mandíbula apretada, el eco de la discusión todavía retumbándole en la cabeza. Llegó al despacho de Thomas y entró sin tocar. Cerró la puerta detrás de él con un leve golpe, lo justo para marcar territorio.
Thomas estaba de espaldas, junto al mueble bar. Se sirvió un poco de whisky y bebió con calma, como si la presencia de Alejandro no alterara en absoluto su pulso.
—Debiste decir que te