La puerta del comedor quedó vibrando unos segundos después de que Thomas desapareció por el pasillo. El silencio que dejó fue más violento que cualquier grito. Nadie se movió de inmediato, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para respirar.
Rosa fue la primera en romperlo.
—¿Lo oyeron? —dijo con la voz rota, mirando a todos y a nadie al mismo tiempo—. ¿Lo oyeron? Me humilló delante de todos… delante de su familia.
Sus manos temblaban. Se llevó una al pecho, respirando de forma errática, como si el cuerpo no le obedeciera.
—Rosa, siéntate —intentó decir la madre de Thomas, levantándose a medias—. Por favor, tranquilízate.
—¿Tranquilizarme? —soltó Rosa con una risa amarga—. ¡Me acaba de tirar a la basura como si no valiera nada!
Alejandro se acercó un poco más, dudando.
—Tía, por favor, no te alteres así —dijo—. Thomas no estaba en sus cabales, mañana hablarán mejor.
Rosa lo miró con rabia.
—¡No lo defiendas! —le gritó—. Tú estabas ahí, lo viste. Me odia, me desprecia… y t