Thomas llegó al Grupo Kan temprano, demasiado temprano incluso para sus propios estándares. Ni siquiera había llegado a esa hora el día en que Daniela tenía las pruebas fotográficas para convertirse en el rostro de la imprenta. El edificio aún parecía dormido.
Los pasillos estaban a oscuras, apenas iluminados por luces de emergencia, y la recepción guardaba ese silencio profundo que solo existía antes de que el personal comenzara a llegar. No había saludos, no había pasos, no había ruido alguno.
Thomas avanzó con paso firme hasta detenerse frente a la gran pantalla iluminada del vestíbulo. Allí estaba el rostro de Daniela. La imagen era limpia, elegante, sobria. Él se quedó observándola unos segundos más de lo necesario. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro, una mezcla de admiración y algo más contenido, algo que no se permitía nombrar.
Luego se dio la vuelta y se dirigió al ascensor de cristal. Entró, presionó el botón del piso 34 y cruzó los brazos mientras el ascenso comenzaba.