La mansión Kan, bañada por la luz cálida del atardecer, mantenía su habitual aire solemne y silencioso. En el recibidor principal, los señores Kan disfrutaban de una tarde tranquila: él leía un grueso libro de historia mientras que su esposa hojeaba una revista antigua de la imprenta, con gesto nostálgico.
La chimenea encendida emitía un crujido tenue que hacía el ambiente casi acogedor.
Pero la paz se rompió de golpe cuando la puerta principal se abrió de manera brusca, chocando contra la pare