La mansión Kan, bañada por la luz cálida del atardecer, mantenía su habitual aire solemne y silencioso. En el recibidor principal, los señores Kan disfrutaban de una tarde tranquila: él leía un grueso libro de historia mientras que su esposa hojeaba una revista antigua de la imprenta, con gesto nostálgico.
La chimenea encendida emitía un crujido tenue que hacía el ambiente casi acogedor.
Pero la paz se rompió de golpe cuando la puerta principal se abrió de manera brusca, chocando contra la pared.
Laura Kan entró hecha una furia.
Su bolso cayó en el sofá sin cuidado, y su respiración estaba agitada, como si hubiera venido discutiendo desde el auto hasta la puerta. Alejandro entró detrás de ella, con la corbata floja, un cigarro sin encender entre los dedos —no porque estuviera relajado, sino porque prefería mantenerse lejos del huracán que tenía enfrente.
La señora Kan levantó la cabeza enseguida.
—Laura, ¿qué sucede? —preguntó poniéndose de pie—. ¿Por qué llegas así?
Laura ni siquiera