La noche había caído sobre la mansión Kan, extendiendo sombras largas sobre la entrada principal. El aire olía a césped húmedo y a la mezcla tenue de gasolina proveniente del garaje. Alejandro caminaba con las manos en los bolsillos, inquieto, mirando hacia la puerta mientras el eco de la discusión previa de Laura y sus padres todavía vibraba en las paredes de la casa.
El chófer de la familia cerró la puerta principal, señal de que todos se estaban retirando. Alejandro respiró hondo, dispuesto a marcharse, pero entonces escuchó el ruido característico del motor del automóvil de Thomas acercándose por la entrada curva del patio.
Las luces frontales iluminaron por completo el rostro de Alejandro.
Él entrecerró los ojos, dio un paso atrás y esperó.
El vehículo se detuvo. El portazo se escuchó seco, autoritario.
Thomas bajó sin siquiera mirarlo al comienzo, lanzó las llaves a uno de sus hombres de seguridad y gruñó:
—Llévala al garaje. Y revisen el tanque —ordenó.
El hombre asintió rápido