La sala de juntas quedaba en un silencio demasiado grande para un piso tan alto. Daniela recogió sus cosas con manos temblorosas, tratando de mantener una respiración pareja mientras Thomas revisaba los últimos documentos, sin decir mucho más.
Cuando por fin terminó, levantó la cabeza y la miró con esa expresión que siempre la desarmaba: autoridad mezclada con algo más… algo que intentaba ocultar.
—Daniela —dijo con voz baja pero firme—. Vete a casa. Necesitas descansar. Mañana debes estar aquí temprano… y completamente preparada para las primeras pruebas de fotografía.
Ella asintió, tragando saliva.
—Sí, señor Kan.
—No quiero que llegues tarde. Y no quiero verte cansada —añadió, sin apartar los ojos de los suyos—. A partir de mañana empiezas una etapa completamente distinta. Descansa.
Daniela sintió un extraño calor detrás de sus costillas.
Una mezcla de nervios… y algo que no quería nombrar.
—Buenas noches… Thomas —se corrigió rápido—. Digo… señor Kan.
Él no sonrió. Pero sus ojos sí