El calor que emanaba de la entrada de la base no era solo el resultado del combustible ardiendo; era una presión física que dificultaba la respiración. Alaric sostenía a Isolde por la cintura, ayudándola a avanzar entre los escombros de metal retorcido y los paneles que soltaban chispas erráticas. Afuera, el eco de las ráfagas de los drones contra el desierto servía como un recordatorio constante de que el tiempo se les había agotado. Dentro, el silencio era solo interrumpido por las alarmas de