El desierto se volvió un sudario de sombras bajo el estruendo de los helicópteros de ataque que oscurecieron la luna. No eran naves de otro mundo, sino la flota negra del Círculo de Hierro, enviada para ejecutar la purga final. Alaric estrechó a Isolde contra su pecho, sintiendo el temblor de su cuerpo y el calor de su piel, que todavía vibraba con el eco del virus que acababa de inyectar en la red. El erotismo de su unión, forjado en el sacrificio, era lo único que los mantenía en pie mientras