Capítulo 54: El Umbral del Valle Rojo
El aire en las crestas de la Maladeta se volvió tan fino que cada aliento se sentía como un sorbo de cristal. El vehículo, exhausto tras días de ascenso, finalmente se detuvo ante un muro de niebla perpetua que parecía guardar el secreto de los Pirineos. Alaric apagó el motor y, por primera vez en semanas, el silencio fue absoluto. No era el silencio vacío de la muerte, sino una quietud expectante, como la de un gran animal que observa desde la penumbra.
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