El desierto, que minutos antes había sido el escenario de un rescate milagroso, se transformó en un campo de batalla gélido. Alaric se incorporó con dificultad sobre la arena, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca y el eco de la ráfaga de energía que lo había lanzado por los aires. A unos metros, Isolde permanecía de pie, pero su postura no era la de la mujer que lo abrazaba en la oscuridad de Siwa. Su espalda estaba recta de una forma antinatural, sus hombros tensos como cables d