El despacho de Theo olía a madera, autoridad y tormenta contenida.
El alfa repasaba los informes del ataque cuando la puerta se abrió sin aviso.
Su padre, Alaric, entró con dos mujeres detrás: betas jóvenes, hermosas, vestidas con telas finas.
—Hijo —saludó con tono solemne—, ya supe la noticia. Todo el mundo habla de tu lobo blanco y poderoso. ¿Por qué jamás quisiste mostrarlo antes?
Theo se quedó quieto.
El corazón le dio un salto.
—No era el momento aún, padre. —Su voz se volvió áspera, defe