La noche cayó pesada sobre la manada. El entrenamiento había sido exigente y Theo dormía profundamente, agotado. Su respiración era estable, pesada.
Greta, en cambio, abrió los ojos de golpe.
La luna brillaba alta, redonda, poderosa.
Un calor extraño le recorría el cuerpo.
—Azu… ¿qué me pasa? —susurró en su mente—. Tengo sed… tengo calor…
Se incorporó lentamente. El aire parecía demasiado denso, demasiado tibio. Caminó hacia el baño y se mojó la cara, pero el alivio duró apenas segundos. El cal