Theo llegó a la cabaña con el pulso aún ardiendo.
No sabía si quería gritar, golpear algo o simplemente dormir durante un año.
Greta estaba de espaldas, abrochándose la blusa, el cabello húmedo cayéndole por los hombros.
Sobre la mesa, los vendajes y el olor a sangre recién lavada aún flotaban en el aire.
Ella ni siquiera lo miró cuando él entró.
Solo tomó su bata y, sin volverse, se la lanzó directo al pecho.
—Tápate. No me interesa verte. —Su tono fue puro veneno.
Theo sostuvo la bata un segu