—¿Te acuerdas de cuando te metiste en problemas por pintarle el carro al director? —preguntó ella, sonriendo con ternura, Kian soltó una risa suave, aquella que siempre usaba para disimular la vergüenza.
Vecka y Kian yacían sobre la cama, cubiertos por una manta gruesa, frente a frente. No había deseo en sus miradas, solo esa nostalgia que surge cuando se recuerda una vida que ya no volverá.
—No fue mi culpa. Tú fuiste la que dijo que se vería mejor así.
Vecka rio, escondiendo la mitad del r