Kaiser no levantó la voz, pero cada palabra que pronunció pesó como una sentencia. El vampiro que estaba frente a él inclinó ligeramente la cabeza, un gesto antiguo, casi olvidado entre los convertidos más jóvenes.
Su nombre era Aldric, y había sido el primero. El primer humano al que Kaiser había concedido la eternidad siglos atrás, cuando aún no era rey, cuando la soledad era más peligrosa que cualquier cazador.
—Encuéntrala —ordenó Kaiser—. Pero no la subestimes. Britanny no es solo una