Cuando finalmente Vecka llegó a la casa, Kian ya estaba despierto, preparando café. Fingió no notar la tensión entre ellos, pero su mirada se detuvo otra vez en la pulsera que ella llevaba en la muñeca.
—¿Saliste a correr? —preguntó, dándole la taza sin mirarla.
—Sí —respondió Vecka—. Necesitaba despejarme.
Kian asintió, sin más palabras. La distancia entre ellos se hizo evidente incluso en el pequeño gesto de no rozarse las manos al pasar la taza. Ella bebió un sorbo, intentando convencerse