El silencio que siguió al estruendo no trajo paz, sino una quietud pesada, casi pegajosa. El polvo flotaba en el aire estancado, partículas grises cubriendo el escenario como una mortaja sucia. No había gloria en sobrevivir, solo el dolor agudo de seguir respirando cuando todo alrededor olía a final.
Hunter estaba sentado sobre un bloque de concreto derrumbado, con las piernas colgando en el vacío. Era apenas un niño, una figura diminuta y dolorosamente fuera de lugar en medio de tanta destrucción. Tenía sus manos pequeñas, sucias de tierra y sangre seca, apretando con fuerza los bordes de su camiseta raída.
Sus ojos grandes y oscuros recorrían el horizonte con una intensidad que envejecía su rostro infantil, buscando amenazas que no entendía del todo, pero que había aprendido a temer. Se sorbió la nariz, un sonido húmedo y pequeño que resonó demasiado fuerte en el silencio sepulcral.
Ronan emergió de entre las sombras dentadas de las ruinas. Solo vestía una camisa hecha jirones que