El cielo púrpura y negro no era una simple anomalía meteorológica. Era una bóveda de veneno puro. En el instante exacto en que cruzaron el umbral del Abismo de las Almas Perdidas, el oxígeno pareció morir.
El aire se volvió espeso, pesado como alquitrán invisible. Cada respiración era un castigo. Una niebla densa y violácea comenzó a arrastrarse por el suelo helado, enredándose en sus botas.
Seraphina inhaló profundamente y se llevó una mano al pecho. Respirar en ese lugar dolía físicamente, co